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EDUCACIÓN Y MADUREZ AFECTIVA

Actualizado: 15 sept


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Todos los seres humanos somos seres afectivos. Poseemos la capacidad de amar y de ser amados, de entregarnos, de servir, de amarnos a nosotros mismos y de amar a los demás. Tenemos la capacidad de experimentar el amor de Dios, que es el que abre nuestra afectividad y nos invita a vivir las distintas dimensiones del amor de una forma ordenada. Lo anterior se lleva a cabo a través de nuestras emociones, sentimientos, pasiones, motivaciones e ilusiones que se manifiestan en nuestra afectividad.


Entendemos por afectividad la manera en la que somos afectados, impactados por las vivencias y experiencias de nuestra vida y que dejan una huella en nuestra personalidad. Dichas experiencias nos modifican de manera positiva o negativa.


Hoy en día, cada vez más, nos encontramos con trastornos emocionales en las personas que las llevan a consultas psicológicas o psiquiátricas: depresión, ansiedad generalizada, bipolaridad, etc. que, al no ser tratados a tiempo, podrían incluso, terminar en el suicidio. Estos trastornos afectivos pueden surgir: por un manejo no adecuado de la interpretación de nuestras emociones, es decir, de una afectividad dañada, resquebrajada, débil. Lo anterior nos lleva a que no seamos capaces de abordar –con madurez integral– el impacto afectivo que nuestras heridas del pasado, o que nuestras vivencias, han tenido en nuestro ser. Por lo tanto, vivimos una afectividad desintegrada, una afectividad inmadura.


Desde que somos pequeños vamos aprendiendo a manejar estas reacciones afectivas, que van conformando nuestra personalidad; sin embargo, es un área de la educación a la que se le da poca importancia. Los padres buscan, siempre, la mejor educación para sus hijos, pero, la mayor parte de las veces, ponen el acento en el área intelectual. Les interesa que su hijo sepa tocar algún instrumento, aprender un idioma, etc. y, en base a esto, intentan elegir el mejor colegio para sus hijos. Sin lugar a dudas, todo esto es importante, pero, hemos de caer en la cuenta de que no solo somos seres intelectuales, también, somos seres afectivos y, muy pocas veces, se contempla educar a los hijos en sus afectos; es decir, hablamos de enseñarles el manejo adecuado de las emociones, de los sentimientos, de sus pasiones, de sus afectos, de cómo afrontar el miedo, o como aceptar o manejar una derrota, o una pérdida etc.


Con frecuencia, más que educar afectivamente, se envía un mensaje que promueve el no expresar los sentimientos, con mensajes como: “los niños no lloran”, “las niñas bonitas no son miedosas” generando una represión de nuestra afectividad que, en una edad adulta, se traduce en una afectividad inmadura, y en una personalidad con una capacidad afectiva limitada y compleja.


Como todos los aspectos de la formación, la educación de la afectividad es un derecho y un deber primario de los padres. La afectividad es imprescindible para una vida plena. Es necesario hacer énfasis en la importancia de educar los afectos para lograr una madurez afectiva estable, serena y equilibrada.


Necesitamos abordar, integralmente, nuestra afectividad, y su impacto en cada una de nuestras dimensiones (física, psicológica y espiritual) como seres integrales que somos. Educando los afectos podremos alcanzar un equilibrio afectivo-emocional, que, entre otros muchos beneficios, permitirá conseguir una personalidad madura integralmente, con afectos sanos y ordenados para lograr una mejor relación con nuestro entorno.

 
 
 

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